La infancia es la mejor época de la vida para sembrar la esencia de la educación emocional

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE DECIR LO QUE SENTIMOS?
Desde los estudios de Carl Ranson Rogers en los años 1940 y de Daniel Goleman (1996), la noción de «inteligencia emocional» y la idea de que expresar, conocer y encauzar adecuadamente las emociones es necesario y beneficioso están plenamente aceptadas. Según afirma Goleman: La investigación científica ha demostrado que la autoconciencia, la confianza en uno mismo, la empatía
y la gestión más adecuada de las emociones e impulsos perturbadores no solo mejoran la conducta del niño, sino que también inciden muy positivamente en su rendimiento académico (1996, p. 12).

De hecho, el aprendizaje social y emocional, según este autor, aumenta la capacidad de aprender de los niños, al tiempo que evita la aparición de problemas como la violencia. Las personas que no conocen sus emociones (o que no son capaces de gestionarlas, lo cual puede, fácilmente, ser consecuencia de lo anterior) acaban siendo víctimas de sus propias emociones. ¿En qué sentido? Se
dejan llevar por ellas sin saber muy bien a qué comportamientos les pueden conducir. La ira sin control puede desembocar en una acción violenta (incluso en un delito); una tristeza larvada, no identificada a tiempo, puede convertirse en una depresión de gravosa cura; llevados por la euforia, podemos acometer tareas cuyo sentido o cuyos beneficios, días después, observada la situación con sosiego, parecen inexistentes.

En otras ocasiones, las personas que desconocen sus emociones o no son capaces de canalizarlas adecuadamente acaban dejándose llevar por las emociones de otras personas, que toman el control. De este modo, al estar guiadas por la brújula de otro, no es difícil que se sientan perdidas o que perciban insatisfacción, falta de acuerdo entre sus deseos y la realidad que ellas mismas fabrican a diario. Como vemos, la falta de control sobre nuestras emociones puede acabar generando la sensación de que vivimos sometidos a un «hado», de acuerdo con el cual está escrita nuestra historia (que a menudo se repite), sin que nosotros podamos hacer nada para cambiarlo.

Como planteó el neurólogo portugués António R. Damásio, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, «las emociones no son un lujo» (2004, p. 154). 
Pensemos, además, en lo contraproducente que puede resultar no conocer las propias emociones. Ese desconocimiento puede llevarnos a la negación, al arrinconamiento de lo experimentado e, incluso, a su represión. Que lo adormecido acabe aflorando no es más que cuestión de tiempo. Pero ¿el paso del tiempo nos garantiza haber desarrollado una aptitud para afrontarlo? No, si nuestra ignorancia perdura… Afortunadamente, muchas personas se han dedicado a estudiar este campo, y hoy existen multitud de recursos para educar nuestra parte emocional. De hecho, como veremos más adelante, incluso los currículos escolares recogen la necesidad de formar a niños emocionalmente competentes.
La infancia es la mejor época de la vida para sembrar la esencia de la educación emocional y para trabajar este aspecto de nuestro ser. Esto ayudará a conseguir que los niños se conviertan en adultos saludables para sí mismos y para el entorno en el que viven.

Palabras Aladas SL 2013

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Todo está en nada

Inteligencia emocional y otras habilidades

106-Todo-esta-en-Nada

Hoy te quiero a hablar de un libro que acabo de leer hace pocos días. Un texto pequeño en extensión (apenas 80 páginas) pero grande en contenido. Se trata de un breve cuento acerca de la toma de consciencia que se titula “Todo está en nada”. Una amiga mía, que conoce el gusto que tengo por estos temas de autoconocimiento y crecimiento personal, me lo ha regalado durante estas navidades pasadas.

No soy una persona que suela alegrarse cuando le regalan libros a ciegas, porque en mi caso rara vez se acierta (prefiero comprarlos o elegirlos yo mismo) pero he de decir que me ha gustado mucho, me ha sorprendido gratamente, he disfrutado de su lectura, me ha parecido enriquecedora, y aunque me quedé con ganas de más (estoy acostumbrado a la lectura de libros más extensos y densos) el sabor que me ha dejado es dulce. El libro…

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